24.9.10

El mundo que nace de nuestras letras


La historia existe gracias a las letras que le han puesto nombre al heroísmo, al afán de justicia, a la necesidad de adelantar causas y a los sentimientos humanos que yacen bajo nuestros actos. Quizás por eso desde muy pequeña quedé enamorada de la palabra y de los libros. Algo me decía que en ellos existía un Aleph como el de Borges y que en ellos encontraría el infinito mundo soñado, simultáneamente, avasalladoramente, vívidamente… sin tener que moverme de otro punto que es portal al universo y que es mi mente, mi ser, mi espíritu.

Escribir siempre fue uno de mis sueños. Parecía la evolución natural luego de tanto leer. Sin embargo, aunque llevo años escribiendo, me tardé bastante en abrazar la escritura creativa. Me faltaba algo más que los libros, me faltaba vivir, evolucionar, liberarme de cargas impuestas por la domesticación social, me faltaba amar, me faltaba aprender a ser solidaria, me faltaba la inspiración que nos da conocer gente valiente, me faltaban voces interlocutoras… me faltaba valentía.

Es aquí cuando tengo que hacer una pausa para agradecer a personas que son importantes para mí porque han sido parte del proceso que me permitió aprender, vivir, evolucionar, amar, ser solidaria, asumir con valentía la palabra y la acción. Estos procesos toman años… pero también pueden pasar por temporadas de aceleración cuando nos encontramos en el momento correcto, con la gente correcta y la actitud correcta.

Mi compañera Magdaline- una musa rebelde y retadora- sabe que ella es parte de todos esos procesos… muchas otras amigas también lo saben porque se los he dicho. Pero a quienes quiero decirle hoy es a los compañeros y compañeras del Colectivo Homoerótica… decirles cuánto les admiro, cuánto me inspiran, cuánto les quiero, cuán orgullosa me siento de ustedes… y cuán agradecida estoy de que me hayan permitido compartir con ustedes este proceso de creación, evolución y rebelión que es escribir desde nuestra comunidad LHBTT. Han sido maestras y maestros para mí y sin la presencia de ustedes en mi vida, muy probablemente mis letras creativas estuvieran aún flotando en la mente del universo y no habrían llegado al papel…Gracias a todos y todas.

Amárilis
23 sept 2010

22.9.10

Camaleones


Publicada en El Nuevo Día
22 de septiembre de 2010

Ser o no ser camaleón… Esa disyuntiva la enfrenta a diario la gente de la comunidad lésbica-homosexual-bisexual-transexual y transgénero (LHBTT) de nuestra Isla. La amenaza de violencia y discrimen que se cierne a diario sobre nuestras cabezas puede llevarnos a pensar que es mejor camuflarnos en el entorno que convertirnos en el blanco perfecto de la homofobia y los prejuicios sociales. Más aún, cuando en los últimos años hemos recibido el bombardeo de discursos religiosos fundamentalistas- avalados por el gobierno- que promueven el odio hacia las personas LHBTT y vemos cómo ese odio nos asesina impunemente.

Los instintos camaleónicos hacen que las personas lleven dobles vidas, incompletas por estar condenadas a la clandestinidad. También tienen su carga de veneno, pues preferimos asesinar nuestro ser interno y anularlo a cambio de un poco de aceptación o de la sensación de que estamos actuando dentro de la normalidad dictada por “otros”.

Sin embargo, ¿se merece la comunidad LHBTT el odio social? Ciertamente no. Tampoco se merece la sensación de vivir al margen del resto de la sociedad, el cohibirse de expresar su amor, ser discriminada en los trabajos y otros espacios de convivencia. No nos merecemos las burlas, el miedo a expresarnos, el terror a ser atacadas. No nos merecemos vivir en closets o como camaleones que se esmeran en pasar desapercibidos en un mundo hostil.

Ya no debemos dar espacio al odio, el discrimen y la exclusión. Pero, ¿cómo vivir y exigir equidad sin ser fieles a nuestra propia humanidad?

Históricamente los grupos marginados y discriminados han tenido que enfrentar esta disyuntiva: o se adaptan y pierden su identidad para lograr algo de aceptación o se reafirman en esa identidad y exigen su espacio social, económico y político. Las personas negras, inmigrantes, las mujeres, minorías religiosas, indígenas… todos han optado por reafirmar su identidad y no cederle el espacio al prejuicio. ¿A un costo alto? Sí. Pero no tan alto como el que se paga al vivir, sufrir y perpetuar el discrimen. Hoy, no queda otra alternativa que brillar con la propia luz, esa maravillosa y amorosa luz que habita en todo ser humano, y decir: “¡Camaleones no más!”

3.9.10

Luego de Loss Mitigation... una carta para otra carta

Luego de que se publicó mi columna Loss Mitigation en El Nuevo Día, recibí una carta cuyo remitente no revelaré, pero que me provocó una reflexión que les comparto aquí y que se convirtió en mi contestación a la misma.

Estuve leyendo detenidamente tu carta y creo que contestarla representa un gran reto pues implica lograr expresar una visión de nuestro país que haga sentido a personas que venimos de realidades y experiencias distintas. Aunque te parezca extraño, he llegado a la conclusión de que la mejor contestación es la que parta de un posicionamiento personal y honesto, sabiendo que tal vez no logremos estar de acuerdo en todo pero que el respeto a la diversidad de ideas nos puede garantizar un futuro común.

¿Por qué quiero partir de lo personal? Porque es inevitable que la experiencia de cada cual nos lleve a ver- o simplemente no ver- los elementos que configuran nuestra realidad nacional de maneras muy distintas. En mi caso, tuve una infancia bastante privilegiada en un pueblo pequeño de la Isla. Aunque mi familia no era adinerada, el hecho de tener una madre y un padre maestros hizo que se me abrieran muchas puertas. Siempre fui considerada y tratada de manera especial. Nunca supe lo que era carecer de alimentos, de servicios de salud o de educación. Casi todo capricho de niña me fue concedido y conocí muy poco de violencia, dolor o privaciones. Si esa hubiera sido mi única experiencia de vida, yo pensaría que la pobreza no existe en la Isla y hubiera dado por sentado que el resto de niños y niñas gozaban de lo mismo que yo. Jamás me hubiera percatado de que era privilegiada.

Sin embargo, tuve un privilegio aún mayor que enriqueció mi vida. Ese privilegio fue la oportunidad de asistir a una escuela rural donde mi mamá era maestra. Ahí, supe lo que era una escuela de madera, con letrinas y niños y niñas no tan afortunados como yo. Visité casas con pisos de tierra y jugué por el campo con niños y niñas que hoy pertenecen a sectores sociales muy diversos. También escuché por horas las historias de mi abuela y de otras mujeres que me hicieron saber desde pequeña que otra realidad existía y que yo sólo vivía en un pedacito de ella.

A veces, nos da miedo hablar de clases sociales o de distribución de riqueza porque una de las cosas que se nos sembró en nuestras mentes desde pequeños fue la idea de que ser pobre era malo, que denunciar la pobreza era de comunistas y que aspirar a la equidad económica era demasiado arriesgado para estabilidad del país. De tanto escuchar estas cosas, gran parte de nuestro país ha decidido mirar hacia otro lado y pensar que no hay pobreza justo a nuestro lado. Otra gran parte ha decidido culpar a las personas que viven la pobreza de su propio estado y otro grupo piensa que sirviendo almuerzos a personas sin hogar o donando cenas en Acción de Gracias se remedia la realidad de nuestra Isla. No reconocen sus privilegios y por lo tanto, dan por sentado que su situación es natural.

Sin embargo, yo estoy convencida de que debemos mirar de frente nuestra realidad y aceptar que tenemos entre manos un conflicto que involucra clases sociales dispares. No ya para culpar o atacar a nadie, sino para entender por qué pasan las cosas y luego poder trabajar para cambiarlas. Una de las frases que yo suelo utilizar cuando hablo a grupos es la siguiente: “La desigualdad se alimenta de quienes se niegan a verla”. Y eso es verdad. Si no vemos el problema, no podemos resolverlo. ¿Te has fijado que en las autopistas del país y en ciertos sectores que tú y yo frecuentamos apenas hay carros viejos o gente mal vestida, con signos de deterioro? Yo me fijo en esas cosas y me asusto porque veo que vivimos una especie de segregación poblacional. Hay sitios que simplemente la gente que vive la pobreza no visita. No hay una prohibición legal y aún así, hay algo, una fuerza social invisible que les veda la entrada a esos espacios y estas personas simplemente se rinden.

Esa fuerza social invisible se llama desigualdad. Una amiga muy querida me explicaba una vez algo que yo he visto en mi experiencia de vida y que tal vez sirva para explicar el alcance de la desigualdad. Si una persona de un grupo privilegiado se quedara súbitamente sin empleo y estuviera en riesgo de perder su casa, muy probablemente el acceso que tiene a personas y recursos le permita resolver su situación. Tendrá acceso a servicios legales, a una entrevista de empleo, a una mano amiga que le allane sus gestiones en el banco. Si se enferma y va a una oficina médica, probablemente el médico, de su mismo grupo o amigo de algún amigo, no le cobre la visita o le regale los medicamentos. Esto me consta porque yo lo he vivido y he podido ir a oficinas médicas sin que me quieran cobrar aún cuando puedo pagarlo. Ahora miremos la desigualdad. Si una persona de un grupo marginado de clase media baja- digamos una mujer que viva pagando el alquiler de su casa- pierde su trabajo y enfrenta un proceso de desahucio, muy probablemente tenga que hacer turno para obtener un abogado pro-bono que carga 100 casos adicionales, no tenga otra casa a donde mudarse y sea tratada con desprecio en las oficinas a las cuales acuda a buscar ayuda. Esto también me consta, como me constan cosas peores, porque las he visto en mi trabajo con mujeres y sé cuánto se sufre cuando se necesitan servicios médicos, legales o de vivienda y no se logran acceder.

Cuando se vive en desigualdad y pobreza, se está viviendo al margen de los derechos humanos más elementales. Y eso, para mí, no es aceptable. La desigualdad, para colmo y tristeza, se hereda y genera más pobreza que se perpetúa y agrava las condiciones de vida de las generaciones futuras. Esta pobreza genera vulnerabilidad ante la violencia y otros males sociales. Los pobres sí se hacen más pobres cuando la estructura social no realiza acciones concretas para atajar la desigualdad. ¿No es eso lo que estamos viendo en nuestro país hoy en día? Estamos viendo un sistema educativo colapsado, un sistema de salud que obliga a las personas a ir a las esquinas de las calles a pedir dinero para pagar servicios de salud esenciales, miles de personas buscando vivienda y miles más sin trabajo.

Estadísticamente hay estudios que sustentan esta realidad y que demuestran que existe un deterioro real en la calidad de vida de nuestro país. Es más, en los medidores de desigualdad aceptados internacionalmente (coeficiente Gini), Puerto Rico tiene un índice de .53, el cual es comparable al de países como México, Argentina o Brasil. ¿Y por qué no hablar entonces de una distribución de riquezas, de una garantía de acceso a servicios y de la necesidad de que los grupos de nuestras comunidades participen en la toma de decisiones? De eso es de lo que yo hablo. Hablo de decidir qué sectores “incentivar” y hablo de considerar que ya llevamos demasiado tiempo tomando decisiones equivocadas bajo un modelo económico agotado.

En una economía como la nuestra, hay que dar espacio a alternativas diversas. De eso no me cabe duda. En un mundo globalizado, no queda más remedio que considerar las inversiones extranjeras pero, también hay un consenso internacional que reconoce la necesidad imperiosa de fortalecer las iniciativas nacionales y, más aún, maximizar las particularidades que hacen a esas iniciativas una punta de lanza a nivel de competitividad. Ahí entra el sector industrial, el de micro, pequeñas y medianas empresas y las empresas sociales. Sin esta diversidad de sectores, no podremos levantar a nuestro país y su economía.

Yo creo en la importancia de que todo sector participe en las decisiones económicas y la pregunta para sectores como el tuyo es: ¿Cómo harán espacio para que otros sectores puedan participar? Ah, ese es un reto más complejo de lo que parece. Y es complejo porque, ¿cómo das espacio a gente cuya energía vital está concentrada en sobrevivir el día, en garantizarse un techo, en llevar comida a su mesa? Desde un punto de vista de desarrollo humano está comprobado que sólo cuando las personas logran suplir sus necesidades básicas, son capaces de participar en otros niveles de interacción social.

¿Pueden nuestro gobierno, la banca, empresarios o los desarrolladores (por sólo mencionar algunos grupos) asumir y entender esta realidad? Hasta ahora han demostrado que no. Siguen pensando que impulsando una llamado “crecimiento económico” automáticamente benefician a todo el país. Si miramos nuestra historia económica y los indicadores de desarrollo humano que tenemos disponibles, nos damos cuenta de que esa premisa es errada e insistir en ella es una apuesta a la perpetuación y agravamiento de la pobreza y la desigualdad. La nueva visión que nos traería cambios positivos como nación debe ser una de desarrollo sostenible desde una perspectiva de derechos humanos y equidad.

Es un hecho que nuestro gobierno no tiene los recaudos necesarios para funcionar a capacidad. Pero si los tuviera, ¿actuaría de otra manera? No lo creo. Porque si tuviera la voluntad de cambio necesaria para atender la pobreza y desigualdad de nuestro país, los pocos recursos que tiene se utilizarían de otra manera. Las comunidades se consultarían para conocer sus necesidades y para dar espacio a sus propuestas. También estaríamos escuchando discursos muy distintos a los que llenan los medios de comunicación y en cada mesa de trabajo habría personas de todos los sectores y no sólo de los que tienen capital.

En definitiva, si no hay una visión amplia y llena de amor hacia el país y la gente, no será posible reconciliar las necesidades e intereses de las clases o grupos sociales que ahora mismo están en tensión. Yo me siento obligada a tomar partido mientras esto se va transformando y siento que mi lugar está junto a las comunidades marginadas. Ese posicionamiento es ideológicamente conflictivo en ciertos espacios. Tal vez incomprensible. Pero tengo la buena disposición para explicar, convencer y ganar aliadas y aliados para lo que considero justo. A veces las columnas no dan espacio para eso, como tampoco dan espacio para exponer las muchas propuestas que tenemos en Matria.

Por eso hay que luchar por nuevos espacios, espacios honestos y en los que las personas puedan dialogar desde la disposición a ceder privilegios, vencer ideas antiguas y aceptar que tal vez, aquello que siempre creyeron justo en realidad no lo era.

Las soluciones para la Isla no vendrán del gobierno actual, tampoco de la banca o de los desarrolladores. No vendrán de los partidos políticos… ni siquiera de las uniones laborales o de las grandes organizaciones que pretenden ser la panacea. Tampoco vendrán de las iglesias. Menos aún si se creen dueñas de la verdad absoluta y promueven la desigualdad desde perspectivas divinas. Las soluciones vendrán de un pueblo al que se le dé espacio y oportunidad para proponer y actuar.

1.9.10

Loss Mitigation


Nota: La columna que verán a continuación fue publicada en El Nuevo Día el viernes 27 de agosto de 2010. Por razones de espacio, hay algunos datos que no se incluyeron en la misma, pero estoy incluyéndolos al final de esta versión para Facebook y mi blog. Los mismos son relevantes dado el hecho de que el Gobierno y la Banca insisten en que el programa de incentivos se hizo para los consumidores y NO para la Banca y los Desarrolladores. Ante esto, yo opto por sonreir sarcásticamente porque ellos mismos no se creen eso. Lo que dan ganas de llorar es que la desinformación lleve al país al creer ese cuento y que cada cual piense que esta realidad no le afecta.

Esta semana visité el departamento de “Loss Mitigation” de uno de los pocos bancos que aún quedan en pie en nuestra Isla. “¿Y qué es eso?”, se preguntará quien lee esta columna. Ese departamento está a cargo de mitigar las pérdidas que se generan cuando las personas no pueden pagar sus hipotecas. “¿Las pérdidas de quién?”, será la otra pregunta. Pues de los bancos, claro. Sí, también de las personas que no pagan sus hipotecas y que tarde o temprano perderán sus casas. Hay muchas de esas personas por ahí, créame.

Y nuestro gobierno, ¿tiene un departamento de “loss mitigation” para toda esta gente? Para ellas no, pero para los desarrolladores sí. ¿No es eso lo que están creando con el plan para incentivar el mercado de viviendas preparado a petición de los constructores y la banca? Todo sea por vender las nuevas casas aunque en el mercado haya un desplome en la venta de casas usadas.

La avaricia desarrollista de la última década saturó los mercados de vivienda con casas y apartamentos que al día de hoy valen menos de lo que deben sus hipotecas. Peor aún, la negligencia y complacencia del gobierno colaboró para derrumbar nuestro mercado de inmuebles y dejar sin salida a quienes, por haber perdido su empleo, ni siquiera tienen la opción de vender su casa para salvar algo de su inversión.

Esta cadena de pérdidas no se limita a quedarse en la calle. Quien piense eso es un ingenuo o es asesor del gobernador en asuntos económicos. Cuando las familias de nuestro país comienzan a perder sus hogares, pierden también la estabilidad necesaria para satisfacer otras necesidades básicas: alimento, educación, salud. Quedan excluidas del acceso a la toma de decisiones que les afectan y con ello, cierran tristemente el cerco de desigualdad que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

¿Podemos mirar este país, esta patria que tenemos y no compadecer a quienes tienen que mitigar sus pérdidas con lágrimas y desesperación? ¿Queremos continuar creyéndonos las mentiras que nos presenta el gobierno y manejando cada cual sus propias miserias sin entender que somos un solo país, un solo presente y un solo futuro? Que nos defina la acción solidaria y no la complicidad de la indiferencia.

Datos adicionales para pensar y repensar:

1.En julio pasado, el mercado de venta de casas usadas cayó en un 27% en los Estados Unidos. El gobierno de Puerto Rico no ha provisto los datos para la Isla pero parece evidente que la caída acá es similar. Basta con ver las noticias relacionadas publicadas en las últimas semanas en la prensa de la Isla y en las cuales se menciona la disminución en el valor de las propiedades en la Isla.
2.En ningún momento el gobierno, la banca o los desarrolladores han explicado cuánto cederán de sus ganancias los desarrolladores que se beneficien de esta ley de incentivos. Es decir, el CRIM y Hacienda pierden ingresos para subvencionar las exenciones que la ley otorga, pero los desarrolladores no ponen nada de sus bolsillos. Si el interés es tanto, los desarrolladores pudieron haber lanzado sus propias ofertas en las cuales ELLOS pagaran los sellos y gastos notariales. ¿No es lo que se hace en los libres mercados habitualmente? ¿Por qué los contribuyentes deben pasar más trabajo sosteniendo el gasto público de la Isla mientras el gobierno le regala a estas personas exenciones y salvavidas financieros que sólo a ellos benefician?
3.El mercado de la Isla está pidiendo a gritos viviendas de bajo costo. Una familia promedio en la cual una pareja trabaje a salario mínimo NO cualifica para préstamos hipotecarios de más de $100mil. ¿Por qué seguir incentivando las construcciones de más de $100mil y $200mil?

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